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De Cuba

Cine cubano, regalo especial para personas invidentes

Cine cubano, regalo especial para personas invidentes

Por Ivette Semanat

La cinematografía burla fronteras nuevamente. Esta vez se revela como puente insospechado entre el desarrollo cultural de las naciones y quienes en su seno no comparten igualdad de condiciones.

Las beneficiadas ahora son las personas invidentes. A ellas se dedica una colección especial de cine cubano, que incluye clásicos como La Bella del Alhambra, de Enrique Pineda Barnet; Clandestinos, de Fernando Pérez; y Viva Cuba, de Juan Carlos Cremata.

Páginas del diario de Mauricio, de Manuel Pérez, y Bailando Chachachá, de Manuel Herrera, completan la selección adaptada en su versión original al sistema de audio-descripción.

En opinión de su promotor principal, José Luis Lobato, se trata de un acontecimiento único en la isla, cuyo objetivo es la integración socio-cultural de los ciegos y débiles visuales.

A las personas videntes, destacó, también les puede proporcionar el disfrute de la obra cinematográfica desde otra perspectiva, lo cual servirá para integrar a la familia del discapacitado en el esparcimiento conjunto.

Refiriéndose a las expectativas en torno al proyecto, ponderó la disposición de las entidades cubanas para llevar al público invidente versiones de las más importantes producciones cinematográficas de todos los tiempos.

Asimismo, agregó, estamos en condiciones de mostrar nuestra experiencia y sus resultados en otros países de la región, en consecuencia con la integración latinoamericana, tan necesaria para el futuro de nuestros pueblos.

De acuerdo con el destacado productor audiovisual, Italia, España y Estados Unidos destacan entre los países con experiencias tangibles en cuanto a cinematografía para ciegos.

En América Latina, la primera adaptación de este tipo tuvo lugar con la película argentino-cubana En fin el mar, del cineasta Jorge Dyszel.

Su estreno, recordó Lobato, conmocionó a televidentes de todo el mundo, quienes lo consideraron un suceso cultural de marcado sentido humanista.





Único museo de cera en Cuba

Único museo de cera en Cuba

Por Ivette Semanat

Muchos han sido los proyectos que en varias partes del orbe están dirigidos a perpetuar la imagen y con ello la obra de figuras emblemáticas en los diversos campos del quehacer humano. Es también con ese compromiso con el que arribó recientemente a su cuarto aniversario el único museo de cera ubicado en Cuba.

Fundado el 14 de julio de 2004 en la oriental ciudad de Bayamo, el recinto lleva el nombre de CERARTE y constituye una de las mayores atracciones del territorio. En el se exhiben más de 70 piezas de cera a tamaño natural entre las que se incluyen los músicos Benny Moré, Carlos Puebla, Compay Segundo y Polo Montañez, entre otras figuras cimeras del arte y el deporte del país.

Entre las esculturas más visitadas se encuentra la del joven italiano Fabio Di Celmo, fallecido en la Habana el 4 de septiembre de 1997 víctima de un atentado terrorista.

Las piezas son confeccionadas por una familia de escultores que lidera el padre y maestro Rafael Barrios Madrigal, residente en el serrano municipio de Guisa, en la oriental provincia de Granma. Su técnica -cera policromada- la misma que utilizaron para esculpir el busto del famoso cantante norteamericano Nat King Cole, ubicado en el Salón de la Fama del Hotel Nacional de Cuba.

El singular museo anuncia la salida próximamente de nuevas esculturas y la apertura de salas adicionales. Así, el tributo a otras celebridades cuyas identidades no han sido reveladas.

La iniciativa, esta vez llegada con el sabor del oriente cubano, constituye parte del incansable esfuerzo de las autoridades, artistas, entidades y población en general por rescatar nuestros mejores valores culturales desde cualquier rincón, y a través de las más disímiles manifestaciones artísticas.

Hemingway, razones para quedarse en Cuba

Hemingway, razones para quedarse en Cuba

Por Ivette Semanat

Caminar por las calles de Cojímar, asistir allí a la exhibición de exuberantes especies marinas, contemplar el mar que un día inspiró al poeta y compartir con su gente, es comprender las razones de Ernest Hemingway para quedarse en Cuba.

Fundada en 1649, la localidad –otrora eminente villa de pescadores- debe su nombre al lenguaje arauco y significa entrada de agua en tierra fértil. Quizás de ahí el afán por conservar sus playas como el atributo principal.

Al paso por la bahía, que un día fue de arenas grises, el viajero descubre vestigios de una auténtica comunidad de pescadores y tropieza con las redes tendidas al sol, después de largas jornadas en busca del mejor ejemplar marino.

Se sorprende además ante la presencia de viejos caserones que expandidos a lo largo de la costa desafían la cercanía del mar.

En ese lugar, el escritor estadounidense conoció historias sobre tormentas, naufragios, fiestas, tesoros aparecidos en las profundidades, y quizás, hasta de amores.

Descubrió el sabor de nuestras típicas frutas, convirtió el olor del café y el habano en parte indispensable de su espacio vital y soñó –tras los duros años de dictadura- con la Cuba de la Revolución.

Pero la suerte de la pequeña urbe se coronó cuando su entorno, bendecido por la patrona de los navegantes o Estrella del Mar, conocida como la Virgen del Carmen, dio a luz a las tramas y los protagonistas de la obra que le mereció el Premio Nobel.

Así, “El viejo y el mar” quedó en la memoria histórica de Cojímar, y esta a su vez en el recuerdo eterno de la literatura universal.

Pero no sólo las artes, las letras han hecho de este poblado un sitio entrañable. Allí, la historia parece haberse detenido, parece estar todo el tiempo invitando a rememorarla.

La edificación más antigua, por ejemplo, fue construida en el año mil 645 por el ingeniero y diseñador italiano Juan Bautista Antonelli, y sirvió como punto de vigilancia para prevenir a la Ciudad de la Habana de posibles ataques de corsarios y piratas.

Según el historiador de la localidad, la pequeña fortaleza destacó por su importancia estratégica durante la Toma de la Habana por los ingleses, en mil 762.

Entre sus habitantes –no exagero- todavía aparecen personajes confesos del Dios de Bronce de las letras norteamericanas; y otros a quienes la elocuencia de su prosa, deja la sola alternativa de lamentar un tiempo no compartido.